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martes, 1 de marzo de 2011

¡Cuidado con la anorexia!


En su afán por adelgazar, algunos jóvenes han caído en las garras de la anorexia, un grave trastorno alimentario que lleva a la persona a prácticamente dejarse morir de hambre.
La anorexia puede presentarse de forma sutil. Una chica tal vez comience una dieta aparentemente inofensiva para perder un poco de peso. Pero cuando cumple su objetivo, sigue insatisfecha: aún se ve gorda cuando se mira al espejo. Así que decide adelgazar un poco más... y luego más..., pero nunca es suficiente. De este modo se inicia un círculo vicioso que acaba llevándola a la anorexia.
La persona anoréxica rehúsa comer o lo hace en cantidades tan pequeñas que acaba desnutrida. Antoinette dice que llegó a pesar 37 kilos (82 libras), muy poco para una joven de 17 años y 1,70 metros (5 pies y 7 pulgadas) de altura. “No consumía más de 250 calorías diarias y anotaba todo lo que comía”, dice ella.
Las anoréxicas están obsesionadas con la comida, y son capaces de cualquier cosa para no ganar peso. “Empecé a escupir la comida en una servilleta, haciendo ver que me estaba limpiando la boca”, explica Heather. Susan hacía mucho ejercicio para no aumentar de peso. “Casi todos los días —dice— corría 12 kilómetros [8 millas] o hacía una hora de natación, de lo contrario, me embargaban una angustia y un sentimiento de culpabilidad terribles. Y cada mañana sentía un inmenso placer, el único placer verdadero que tenía por lo general, cuando me subía a la báscula para confirmar que mi peso estaba muy por debajo de los 45 kilos [100 libras].”
Por irónico que parezca, algunas anoréxicas son magníficas cocineras y sirven comidas exquisitas que ellas se niegan siquiera a probar. “Cuando peor estaba —dice Antoinette—, era yo la que preparaba absolutamente todas las cenas en casa y también la bolsa del almuerzo para mi hermano y mi hermana menores. No dejaba ni que se acercaran a la nevera. Era como si la cocina fuese toda mía.”

Según el libro A Parent’s Guide to Anorexia and Bulimia (Guía para los padres sobre la anorexia y la bulimia), algunas anoréxicas “se vuelven exageradamente pulcras y llegan a exigir que toda la familia acate sus normas irrealistas y maniáticas. No pueden ver una revista, unas zapatillas o una taza de café fuera de lugar ni un momento. A veces se vuelven igual de maniáticas, o hasta más, con la higiene y la apariencia personal, llegando a pasar horas en el baño con la puerta cerrada y sin dejar que el resto de la familia entre a arreglarse para marcharse a la escuela o al trabajo”.


martes, 1 de febrero de 2011

Cómo superar la fobia social


“Lo más importante que debe recordar el fóbico es que su trastorno responde bien a la terapia; no hay razón para seguir soportándolo.”—Doctor Chris Sletten.
FELIZMENTE, muchos fóbicos sociales han recibido ayuda para atenuar la ansiedad y hasta encarar marcos públicos temidos por años. Si usted padece fobia social, tenga la seguridad de que también puede aprender a afrontarla constructivamente. Para ello ha de analizar 1) los síntomas físicos, 2) qué piensa sobre las situaciones temidas y 3) cómo se comporta a causa de los miedos.
En este particular resultan útiles los principios bíblicos, pues aunque la Palabra de Dios no sea un texto médico, ni mencione el término “fobia social”, ayuda a “[salvaguardar] la sabiduría práctica y la capacidad de pensar” a la hora de afrontar los temores (Proverbios 3:21; Isaías 48:17).
La lucha con los síntomas
Los síntomas físicos varían de un fóbico a otro. ¿Qué reacciones corporales tiene usted ante una situación temida? ¿Le tiemblan las manos? ¿Siente palpitaciones? ¿Sufre malestar abdominal? ¿Le entran sudores, se sonroja o se le reseca la boca?
Es patente que la perspectiva de transpirar, tartamudear o temblar en público no es ningún plato de gusto. Pero sentir ansiedad por meras posibilidades no le ayudará nada. Atinadamente preguntó Jesús: “¿Quién de ustedes, por medio de inquietarse, puede añadir un codo a la duración de su vida?” (Mateo 6:27; compárese con Proverbios 12:25). Lo único que uno logra obsesionándose con los síntomas y el qué dirán es empeorar la situación. “Al imaginar que se percatarán de su nerviosismo, el fóbico social se pone aún más ansioso —señala The Harvard Mental Health Letter—. Prevé que actuará con torpeza, expectativa que lo alarma aún más al ir aproximándose las situaciones que teme.”
Para aliviar la ansiedad, cuide su dieta,
 haga ejercicio regularmente y descanse lo suficiente
Tal vez logre reducir la intensidad de los síntomas practicando la respiración diafragmática lenta (véase el recuadro “Respire mejor”). También le será útil el ejercicio regular y la relajación muscular (1 Timoteo 4:8). Es posible que deba realizar cambios en su estilo de vida. Por ejemplo, la Biblia aconseja: “Mejor es un puñado de descanso que un puñado doble de duro trabajo y esforzarse tras el viento” (Eclesiastés 4:6). Asegúrese, pues, de descansar lo necesario. Cuide, además, el régimen alimenticio. No se salte comidas ni se alimente a intervalos irregulares. Quizás tenga que ingerir menos cafeína, una de las sustancias que más potencia la ansiedad.
Sobre todo, paciencia (Eclesiastés 7:8). Un equipo de doctores señala: “Acabará notando que, aunque todavía sienta cierta ansiedad en algunos marcos públicos, la intensidad de los síntomas corporales disminuirá de forma considerable y, lo que es más importante, con la práctica tendrá más autoestima y estará mejor preparado para afrontar las situaciones sociales que teme”

sábado, 29 de enero de 2011

DEPRESION INFANTIL

Durante un largo período de tiempo la comunidad científica, sostenía que la Depresión Infantil no existíain sinembargo, en el mundo real existían niños deprimidos y algunos clínicos empezaron a revelarse contra la ortodoxia que vetaba la posibilidad de su existencia. Esto empezó a ocurrir hacia los años 40 en distintos campos de la psicología aplicada, y comenzaron a aparecer estudios relacionados con la depresión infantil, bajo los nombres de Akerson (1942); Spitz (1945); Bowlby (1951), entre otros.
A principios de los años sesenta Harlow (1961) observa, en los monos separados de sus madres, exactamente el mismo tipo de conductas que habían señalado Spitz y Bowlby en los niños. El carácter experimental de la psicología comparada, produjo un impacto especial para este tipo de hallazgos y comenzó a tomarse un poco más en serio la posibilidad de la existencia de la depresión en los niños, puesto que los monos parecían ser capaces de desarrollarlas.

La depresión infantil puede definirse como una situación afectiva de tristeza mayor en intensidad y duración que ocurre en un niño. Se habla de depresión mayor, cuando los síntomas son mayores de 2 semanas, y de trastorno distímico, cuando estos síntomas pasan de un mes.

¿Será culpa mía?


"Aunque Alexander estaba muy deprimido, se las arregló para conducir una clase. (se han cambiado los nombres) Cuando algunos de sus alumnos suspendieron una importante prueba de lectura, le sobrevino la idea de suicidarse. “Pensaba que el fracaso era suyo —dijo Esther, su esposa—. Le dije que la culpa no era suya, que no se puede esperar un resultado perfecto.” Sin embargo, su desmedido sentimiento de culpa bloqueó su mente y lo condujo al suicidio. "


Con frecuencia, se desarrolla un sentimiento de culpa exagerado cuando se asume una responsabilidad injustificada por el comportamiento de otras personas.
Aun en el caso de un niño, un padre puede influir poderosamente en su vida, pero no tener un control absoluto de ella. Si algo no resultara como uno lo ha planeado, pregúntese: ¿Acaso se debe a sucesos imprevistos que están más allá de mi control? (Eclesiastés 9:11.) ¿He hecho todo cuanto razonablemente puedo dentro de los límites de mi capacidad física, mental y emocional? ¿Eran mis expectativas demasiado elevadas? ¿Debo aprender a ser más razonable y modesto? (Filipenses 4:5.)


Pero ¿y si uno ha cometido un error grave y la culpa es suya? ¿Se corregirá el error por medio de fustigarse mentalmente de continuo? ¿Acaso no está dispuesto Dios a perdonar aun “en gran manera” si uno está genuinamente arrepentido? (Isaías 55:7.) Si Dios “no por todo tiempo seguirá señalando faltas”, ¿debería usted sentenciarse a una vida de angustia mental por causa de algún mal cometido? (Salmo 103:8-14.) Lo que a Dios le complace, y además aliviará la depresión que usted sufre, no es el que uno esté constantemente entristecido, sino el que dé pasos positivos para ‘corregir el abuso’. (2 Corintios 7:8-11.)


‘Olvide las cosas que quedan atrás’
Algunos de nuestros problemas emocionales pudieran estar enraizados en el pasado, particularmente si fuimos víctimas de algún trato injusto. Esté dispuesto a perdonar y olvidar. “¡Pero es que perdonar no es fácil!”, tal vez piense usted. Es cierto; pero es mejor que arruinar el resto de su vida meditando en lo que ya no tiene remedio.


"El apóstol Pablo escribió: “Olvidando las cosas que quedan atrás [...] prosigo hacia la meta para el premio”. (Filipenses 3:13, 14.) Pablo no se entretuvo en meditar en el derrotero equivocado de vida que había llevado en el judaísmo, habiendo sido responsable, incluso, de aprobar el asesinato. (Hechos 8:1.) Al contrario, concentró sus esfuerzos en calificar para el premio futuro de la vida eterna."
También María (mencionada en el articulo anterior) aprendió a no meditar en las cosas del pasado. En una ocasión, le echó en cara a su madre la manera en que esta la había educado. Su madre le había dado una especial importancia al atractivo y a la belleza física; por consiguiente, María era una perfeccionista y propendía a sentir celos de su atractiva hermana.
“Aunque estos celos ocultos eran la raíz del problema, yo las hacía a ellas responsables de mi comportamiento. Pero llegó el momento en que pensé: ‘En realidad, ¿qué importancia tiene de quién sea la culpa?’. 
Tal vez yo tenía algunas malas inclinaciones atribuibles a la educación que había recibido de mi madre; sin embargo, la cuestión era hacer algo para remediarlo. No debía continuar actuando de ese modo.” El reconocer esto ayudó a María a hacer los ajustes mentales necesarios a fin de ganar su lucha contra la depresión. (Proverbios 14:30.)

Cómo vencer la depresión


Un proverbio Bíblico dice, “CON dirección diestra te ocuparás en tu guerrear” Proverbios 24:6. Se requiere dirección diestra y no solo buenas intenciones para ganar una batalla. También es cierto que, si usted sufre de depresión, no desearía hacer algo inadvertidamente que le hiciera sentirse peor. Por ejemplo: un estudio sobre personas depresivas realizado en 1984 halló que algunos trataban de hacer frente a la depresión por medio de ‘descargar su ira sobre otras personas, o reducir la tensión por medio de beber más, comer más e ingerir más tranquilizantes’. El resultado: “Aumento de la depresión y de los síntomas físicos”.


Algunas personas deprimidas rehúyen buscar “dirección diestra” porque temen que se les considere enfermos mentales. Sin embargo, la depresión profunda no es indicio de deficiencia mental ni de debilidad espiritual. Las investigaciones demuestran que este grave trastorno puede presentarse cuando se produce en el cerebro una disfunción química. Como esta puede ser ocasionada por un trastorno físico, si usted ha estado profundamente deprimido por un período superior a dos semanas, es conveniente que se haga un examen médico. Si el examen revelara que el problema no obedece a un trastorno físico, entonces la depresión a menudo puede aliviarse por medio de ajustar el modo de pensar y con la ayuda de alguna medicación o los nutrientes apropiados. El que uno venza la depresión no significa que nunca volverá a padecer de un estado de ánimo deprimido. La tristeza es parte de la vida. No obstante, si uno dirige diestramente sus golpes, podrá desenvolverse mejor ante la depresión.


Es frecuente que el médico prescriba antidepresivos. Estos fármacos están preparados para eliminar el desequilibrio químico. Elizabeth, mencionada anteriormente, los empleó, y en unas semanas su estado de ánimo comenzó a mejorar. “Aun así, además del empleo de los medicamentos, tenía que esforzarme por cultivar una actitud positiva —dijo ella—. Con el ‘empuje’ que me daba la medicación, me sentía determinada a mejorarme. También mantuve un programa diario de ejercicios físicos.”
Sin embargo, el uso de antidepresivos no siempre da resultados. En algunas personas se presentan efectos secundarios problemáticos. Y aun si la disfunción química se corrige, a menos que uno corrija su enfoque mental, la depresión puede volver. No obstante, se puede obtener mucho alivio si uno está dispuesto a hacer ciertos cambios.

“Es que no puedo hacer nada bien”


El que uno se culpe a sí mismo puede ser una reacción positiva. Por ejemplo: a una persona podrían robarle por culpa de andar sola por un vecindario peligroso. Ella podría reconocer que la culpa es suya por haberse metido en una situación como esa, y a partir de ese momento resolverse a cambiar y a evitar situaciones similares más tarde. Pero podría ir más allá, y culparse a sí misma por la clase de persona que es, diciendo: “Es que soy un descuidado, incapaz de evitarme a mí mismo problemas”. Este tipo de autoinculpación implica una censura de su personalidad y erosiona su amor propio.


Un ejemplo del efecto destructivo de la autoinculpación puede apreciarse en el caso de María, de treinta y dos años de edad. Durante seis meses había abrigado resentimientos hacia su hermana mayor debido a un malentendido. Una tarde puso a su hermana de vuelta y media por teléfono. Su madre, al saber lo que María había hecho, la llamó y la reprendió firmemente.
“Me enfadé con mi madre, pero estaba mucho más molesta conmigo misma porque me había dado cuenta del gran daño que le había hecho a mi hermana”, dijo María. Poco después de aquello, le gritó a su hijito de nueve años, que se estaba comportando mal. El niño se sintió muy desconcertado, y más tarde le dijo a su madre: “Mamá, gritabas como si hubieses querido matarme”.



María se sintió abatida. Dijo: “Me sentí como una persona horrible. Pensé: ‘Es que no puedo hacer nada bien’. Era todo cuanto podía pensar. Fue entonces cuando la depresión profunda realmente empezó”. Es evidente que su sentido de autoinculpación era destructivo.
¿Quiere esto decir que toda persona que sufre de una depresión profunda tiene poco amor propio? Naturalmente que no. Las causas son complejas y variadas., hay muchas emociones que pueden ocasionarlo, entre las que se hallan: un enfado que no ha sido zanjado, el resentimiento, un sentimiento de culpa —real o exagerado— y las disputas con otras personas que aún están sin resolver. Todo lo mencionado puede degenerar en un espíritu herido o en depresión.
Cuando Sara se dio cuenta de que su actitud mental era la raíz de una buena parte de su depresión, al principio se sintió abatida. “Pero entonces experimenté una medida de alivio —comentó—, porque pude comprender que si mi actitud mental la había ocasionado, también podría remediarla.” Sara comentó que esta idea le creó cierta emoción; dijo: “Me di cuenta de que si yo cambiaba respecto a mi manera de ver ciertas cosas, mi vida se vería afectada para bien a partir de ese momento”.

‘Al darme cuenta de que mi actitud mental era la causante de mi depresión, me sentí aliviada y reconfortada, porque entonces comprendí que podría remediarla.’

Sara hizo los cambios necesarios, y su depresión se disipó. Así mismo, María, Margaret y Elizabeth vencieron en su lucha.

LA RAIZ PSICOLOGICA DE LA DEPRESION

“HE HECHO todo tipo de pruebas y no parece haber ningún trastorno físico —le dijo amablemente el doctor a Elizabeth—. Creo que usted está gravemente deprimida, y por alguna buena razón.”
Elizabeth, que suponía que tenía algún trastorno físico, comenzó a preguntarse si el doctor estaría en lo cierto. Pensó en la lucha diaria que durante los últimos cinco años llevaba sosteniendo con su ingobernable y, a menudo, incontrolable hijito de seis años de edad, a quien más tarde se le diagnosticó una deficiencia en su capacidad de atención. “La tensión y la ansiedad de cada día, que no cesaban, le pasaron a mi estado emocional una abultada factura —reconoció Elizabeth—. Llegué a un punto en que me sentía desesperada y dispuesta al suicidio.”
Como Elizabeth, muchas personas deprimidas, se han enfrentado a una gran cantidad de tensión emocional. De hecho, en un destacado estudio realizado por George Brown y Tirril Harris, estos investigadores británicos hallaron que la mujer deprimida tiene una proporción de “grandes dificultades” —tales como la mala vivienda o relaciones familiares tensas— tres veces mayor que la no deprimida. Estas dificultades han ocasionado una “considerable y, a menudo, incesante angustia” por un período de por lo menos dos años. Experiencias duras en la vida, como la muerte de un familiar cercano o un amigo, una enfermedad o un accidente grave, malas y desagradables noticias, o la pérdida del empleo, han sido cuatro veces más comunes entre mujeres deprimidas.
No obstante, Brown y Harris encontraron que la adversidad por sí sola no causa la depresión. Mucho depende de la reacción mental, así como de la vulnerabilidad emocional de la persona.





“Todo parecía inútil”
Sara, por ejemplo, una esposa trabajadora y madre de tres niños, sufrió un tirón en la espalda en un accidente laboral. Su médico le dijo que tendría que restringir bastante su actividad física, pues se le había producido una fisura discal. “Pensé que todo mi mundo se venía abajo. Siempre había sido una persona activa, y me gustaba practicar deporte con mis hijos. Reflexioné en lo que esta pérdida significaría para mí, y pensé que nunca mejoraría. Perdí la alegría de vivir. Todo parecía inútil”, reconoció Sara.
Su reacción ante el accidente la indujo a pensamientos desesperanzados respecto a su vida en conjunto, y esto alimentó la depresión. Como dijeron Brown y Harris en su libro (Social Origins of Depression): “Esto [el incidente inductor, como el accidente de Sara] puede hacer que la persona piense que, en general, su vida carece de esperanza. Es esta generalización de la desesperanza lo que creemos que constituye el núcleo del trastorno depresivo”.
Pero, ¿por qué muchas personas se sienten incapaces de sobreponerse al daño que ocasiona una pérdida dolorosa y caen en una depresión profunda? ¿Por qué Sara, por ejemplo, fue tan vulnerable a esos pensamientos negativos?
‘Soy indigna’
“Siempre me ha faltado confianza en mí misma —dijo Sara—. Tenía muy poco amor propio, y me sentía indigna de cualquier atención.” Los dolorosos sentimientos relacionados con nuestra falta de amor propio son con frecuencia el factor crucial. “A causa del dolor del corazón hay un espíritu herido”, dice Proverbios 15:13. La Biblia muestra que un espíritu deprimido puede ser el resultado, no de presiones externas únicamente, sino de recelos internos. ¿Qué puede ocasionar el que se tenga tan poco amor propio?
Una parte de nuestro pensamiento queda configurado por la educación que recibimos. “De niña, nunca recibí elogios de mis padres —comentó Sara—. No recuerdo haber recibido nunca un cumplido hasta que me casé. En consecuencia, siempre procuraba la aprobación de otras personas. Tengo un miedo terrible a ser rechazada.”
La intensa necesidad que Sara tenía de ser aprobada por otros es un factor común entre muchos de los que han llegado a estar gravemente deprimidos. La investigación ha revelado que tales personas tienden a hacer depender su amor propio de la aprobación y el amor que reciben de otros, más bien que de sus propios logros. Justiprecian su valía personal en la medida en que resultan agradables o atraen la atención de otras personas. Según un equipo de investigadores, “perder ese punto de apoyo resultaría en una pérdida de amor propio, lo que contribuiría significativamente a desencadenar la depresión”.

ESTAS SON SOLO ALGUNAS CLASES DE FOBIAS

“temor”— se han formado centenares de palabras que identifican temores específicos. He aquí algunos ejemplos de las fobias mejor conocidas.

acrofobia: temor a la altura


agorafobia: temor a los lugares abiertos


ailurofobia: temor a los gatos


hidrofobia: temor al agua


astrofobia: temor a las tormentas con truenos


claustrofobia: temor a los espacios cerrados


cinofobia: temor a los perros


demonofobia: temor al diablo y demonios


gefirofobia: temor a cruzar puentes


hematofobia: temor a la sangre


hodofobia: temor a viajar


lalofobia: temor a hablar


microfobia: temor a los microbios


misofobia: temor a la suciedad o contaminación


nictofobia: temor a la oscuridad


ofidiofobia: temor a las serpientes


pirofobia: temor al fuego


tanatofobia: temor a la muerte Con la añadidura de prefijos griegos o latinos a la palabra fobia 


xenofobia: temor a los extraños o extranjeros


zoofobia: temor a los animales


El valor de ayudarse a sí mismo

En vista de las limitaciones de los medicamentos, ¿pueden las personas que sufren de fobias ayudarse a sí mismas? Sí, y muchos médicos y terapeutas enseñan que la ayuda que uno mismo se dé es la mejor manera de tratar las fobias. Los resultados pueden ser remuneradores y frecuentemente duraderos.
En primer lugar, la víctima de fobia tiene que aprender el arte de relajarse. La relajación física completa es esencial para lograr la sumamente importante relajación de la tensión mental. Tocante a esto, el sicólogo Alan Goldstein informa: “Enseñamos a los pacientes con agorafobia a relajarse, a controlar el ritmo de su respiración, a poner paro a sus pensamientos de pánico y a enfocar su atención en el momento presente para ayudarlos a lidiar con sus ataques de pánico”.
Una vez que esto se logra (y no es fácil, ya que el aprender a relajarse adecuadamente puede requerir semanas de paciente esfuerzo), el próximo paso consiste en identificar la fuente del temor y enfrentarse a esta. Un terapeuta diestro puede ayudar a un paciente a comprender las etapas que conllevan a un ataque de pánico. Entonces, paso a paso, anima al paciente a contrarrestarlas en su imaginación. Es tal como lo explica Alan Goldstein: “Los ayudamos a identificar lo que sienten y a poder atinar a ello”.
No todas las personas que padecen de fobias pueden llegar a dominar esta técnica de desensibilización, como se le llama. Pero puede con el tiempo conducir a los que sí logran dominarla a encararse a su experiencia y contrarrestarla. Aunque no se logre una cura completa, puede que la causa o las causas de la fobia se puedan, por lo menos, tolerar de allí en adelante. Los terapeutas que usan esta técnica alegan que de cada diez pacientes que se someten a este tratamiento, ocho obtienen considerable alivio.


La lucha contra el temor
Una extensión de esta idea de desensibilización es hacer que el paciente se encare deliberadamente a la fuente de su temor por el mayor espacio de tiempo posible. Esto requiere mucho valor y puede ser agotador y emocionalmente irritante en algunos casos. Por estas razones es mejor, por lo general, que este método se realice bajo supervisión profesional, más bien que por sí solo. De cualquier modo, frecuentemente da buenos resultados.
Un pionero de este tratamiento, Tony Elliott, quien padeció de agorafobia, fundó una asociación para personas con fobias en Nottingham, Inglaterra. Para ayudar a los pacientes a vencer la fobia de viajar en tren, hace que estos visiten una estación ferroviaria y se sienten en un vagón situado en una vía muerta. Después, el primer paso es mover el vagón de un extremo de la estación hasta el otro, progresando poco a poco hasta hacer un viaje de unos pocos kilómetros hasta la próxima estación. Hay médicos supervisando el viaje y están listos con un surtido de tranquilizantes.
Los resultados han sido muy animadores. “Puedo curar el 90% de la enfermedad de algunos de los pacientes”, alega Elliott. La misma terapia ahora se está aplicando a los que tienen fobia de viajar en autobús y en avión, y varias asociaciones están usando este método.


La empatía y la fe religiosa
¡Qué fácil es reírse de las fobias de otras personas! Tales temores, sin embargo, son muy reales y exigen gran comprensión y compasión. Los que sufren de fobia rara vez exageran o fingen lo que sienten. El puño de hierro del temor puede ser intenso y los obstáculos que este presente pueden ser completamente reales.
No obstante, se sabe de amigos que, aunque con buenas intenciones, toman el problema a la ligera y animan a la persona con fobia a que ‘deje eso’. Expresiones tales como: ‘¡Cedes muy fácilmente!’, y: ‘¡No seas tonto, eso no hace daño!’ se oyen comúnmente. Pero son, de hecho, contraproducentes... y poco amables. La persona con fobia necesita que se le ayude con paciencia y empatía.
Otro factor de importancia que ayudará a alguien con fobia es una fuerte convicción religiosa. Es tal como lo expresó un escritor: “Soy de la firme opinión de que la fe religiosa está relacionada a todo aspecto de nuestra vida y los que profesan tal fe deberían ‘movilizarla’ en su lucha contra el temor”.
Ciertamente es buen consejo para un cristiano el que este se dirija a Dios en oración cuando sienta que se está desarrollando en él o ella un pánico fóbico. La confianza en Dios y en su amor y poder puede aportar una fuerte ayuda espiritual. (Filipenses 4:6, 7, 13.)


El escritor ya mencionado advierte: “Debo agregar, no obstante, que la fe religiosa no hace necesariamente un ‘milagro’ ni trae cura instantánea”. Nadie alega que es fácil sobreponerse a una fobia. Es una lucha que tiene lugar en la mente, y la perseverancia es vital. El mismo experto escribe: “Si usted se da por vencido tan pronto como siente pánico, regresará de nuevo a su encarcelamiento. Es solo por medio de hacerle frente al temor, de sobrellevarlo, de darse cuenta de que el miedo en sí no puede hacerle daño, que gradualmente usted perderá la ansiedad y hallará liberación”.


¿Por qué tener ‘temor al temor’?

La tercera categoría de fobia, la agorafobia, es la más compleja de todas las fobias. La palabra significa literalmente “temor a la plaza del mercado”. Algunos especialistas sostienen que en realidad este temor es un temor a lo que la plaza del mercado significa: muchedumbres y la pérdida de la seguridad o del control que uno puede tener en áreas más cerradas. Por lo tanto, los que padecen de agorafobia la describen de varias maneras, quizás como miedo a las muchedumbres, o aun como miedo a salir de la casa.
Puesto que abarca tanto, a la agorafobia también se le describe como ‘temor al temor mismo’. Muchas víctimas quedan inmovilizadas hasta el grado de que van a extremos para evitar cualquier situación que ellas sientan que pudiera provocarles un ataque de pánico. Como resultado de ello, la opresora fobia va acorralando cada vez más la vida de las personas hasta que con el tiempo estas se encuentran tan restringidas que no pueden moverse en absoluto.




¿Es todo eso mental? 

Algunas investigaciones indican que la agorafobia puede ser una enfermedad física, un trastorno del sistema nervioso. El Dr. David V. Sheehan, siquiatra y autor del libro The Anxiety Disease (La enfermedad de la ansiedad), afirma: “Lo que se está haciendo cada vez más claro es el hecho de que estamos tratando con una enfermedad patológica”. Algunos opinan que esta idea de que es una enfermedad patológica es válida, según muestra el hecho de que inyecciones de sodio láctico pueden provocar ataques de pánico en personas que padecen de esta clase de fobia, tal como descubrió el Dr. Ferris Pitts, profesor de siquiatría en la Universidad del Sur de California. Esto, sin embargo, es solo una teoría.
La investigación de la causa de las fobias se está realizando sistemáticamente en muchas direcciones. Algunos investigadores buscan en el campo de la genética. Otros creen que desequilibrios hormonales pudieran ser la raíz del problema. 



¿Acaso tiene lo que comemos algo que ver con este mal? 
Según Dennis Charney y su equipo de investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale, la cafeína puede producir “ansiedad, nerviosismo, temor, náuseas, palpitaciones, intranquilidad y temblores” en algunas de las personas que padecen de agorafobia.
No obstante, persiste el hecho de que nadie puede señalar con precisión la causa común de las fobias. Siguen siendo un misterio.


¿Qué ayuda existe para los que padecen de fobias?
¿Pueden los medicamentos y la vasta variedad de drogas modernas curar las fobias? En algunos casos parece que sí. Pero de nuevo, la manera como responden las personas puede ser tan variada como sus propias fobias. “Pese al triunfo prometedor al haber tratado con medicamentos algunos trastornos de ansiedad —comenta el siquiatra David Burns—, no hay evidencia alguna de que con solo drogas se cure el mal.” En realidad, para muchos que padecen de fobias algunos medicamentos no producen ningún efecto y, si acaso lo producen, es por corta duración... unos meses, o tan poco como más o menos una semana.
También hay que considerar la reacción que las drogas produzcan en el paciente, la cual puede ser bastante desagradable. Por esta razón, se calcula que solo a un 70% de las personas con fobias se les puede administrar drogas. Además de insomnio, visión borrosa y otros problemas, algunas drogas pueden producir en algunos casos síntomas de un ataque de pánico, solo para angustiar mucho a la persona.
Por lo tanto, no es poco común que las personas con fobias recurran a varias terapias en su búsqueda por encontrar alivio. “El método que haya tenido un efecto maravilloso para alguna persona puede que no le resulte a otra”, dice Muriel Frampton en su libro Agoraphobia—Coping With the Outside World (La agorafobia: cómo enfrentarse al mundo que le rodea). Se registra que además de los tratamientos médicos ortodoxos, la homeopatía, la osteopatía, la acupuntura y varios remedios naturales han ayudado a algunas personas. La preferencia personal desempeña su papel en la selección que se haga de medicamentos. Aun así, es bueno estar al tanto de ciertos problemas al respecto.


La TEC y la hipnosis
En Gran Bretaña, una clase de terapia para la ansiedad es la terapia electroconvulsiva (TEC), o electrochoque, como se le llama comúnmente. Se pasa una débil corriente eléctrica por el cerebro para provocar una ligera convulsión. Este tratamiento puede proporcionar alivio, pero en cuanto a quitar las fobias, sus efectos puede que no sean duraderos. Existen también posibles reacciones, tal como la pérdida de la memoria. En la actualidad, en algunas zonas de los Estados Unidos y en algunos países de Europa la aplicación de este tratamiento está prohibida o restringida.
La hipnosis o hipnoterapia también ha sido recomendada por algunos médicos. Pero Frampton declara: “La experiencia dice que la terapia es mejor cuando incluye la voluntad del paciente en estado consciente”. (Agoraphobia—Coping With the Outside World. sin embargo, muchos saben de los peligros que implica el pasar el control de la mente a otra persona y, por eso, evitan la hipnosis.

Las fobias sociales y las simples

¿Conoce usted a personas que temen firmar en público porque tienen terror a que la mano les tiemble, o a otras que tienen miedo de hablar en público o asistir a una fiesta?
Tales problemas son ejemplos de fobias sociales. Estas son inducidas por la presencia de otras personas.


Las fobias simples están conectadas con objetos específicos o situaciones, tales como temor a los perros o al agua. Un temor desproporcionado a los gatos, los ratones o a las arañas también es común, tal como lo es el temor a la altura. En esta misma categoría ponen los médicos la claustrofobia o temor a los lugares cerrados, ya que entra dentro del patrón de las fobias que son provocadas por una causa específica.


Por muy irracional que deba parecer a la mayoría de nosotros que alguien se aterrorice por esos temores sencillos, no es difícil imaginarse lo extremadamente frustrante que puede ser la vida para quienes no pueden evitarlos.

¿Qué puede causar fobias?



Las investigaciones indican que las fobias pueden desarrollarse por varias causas. Un ataque de pánico, por ejemplo, puede ser el producto de una experiencia traumática o de la pérdida de un ser amado. Helen, (se han cambiado los nombres), casi perdió la vida unos meses antes en un incendio de una casa remolque de vacaciones. ¿Desencadenó ese choque emocional el pánico que sintió en la cabina de teléfono? De acuerdo con esta teoría, pudo haber sido así.

Por otra parte, muchos científicos creen que las fobias se aprenden de otras personas. Los hijos, a medida que crecen y observan a sus padres, pueden aprender a reaccionar de manera similar a como ellos reaccionan por sus fobias. En algunos casos, sin embargo, a medida que el niño madura, puede que su temor a lo que originalmente lo causó sea transferido y se manifieste en una situación diferente. Helen admite: “Recuerdo que he estado predispuesta a fobias ligeras”. ¿Fue su experiencia algo que aprendió, o quizás, en su caso, fue un temor transferido? En realidad, no existe manera segura de saberlo.


Una fobia que se origina de alguna experiencia específica es más fácil de identificar. Si, por ejemplo, a un niño lo asusta o lo muerde un perro, tal suceso pudiera desarrollar en él, más adelante en su vida, cinofobia o temor a los perros. De igual modo, la hidrofobia o temor al agua, podría provenir de una experiencia en que la persona casi se haya ahogado.



Según los análisis modernos, todas las fobias se dividen en tres categorías básicas bien conocidas. Es de utilidad poder identificarlas.